miércoles, 29 de septiembre de 2010

Avenidas llenas de sorpresas

Llevaba Eduvigis horas y horas sentada en el mismo banco. Veía como pasaban autobuses, coches, taxis, personas de toda índole y animales de compañía. Fijó su atención en aquellas personas que llamaban la atención pero sin dejar escapar a las que no la llamaban tanto. No entendía a los ejecutivos y sus prisas, los móviles sin parar de sonar, las largas caminatas y las pérdidas de autobús.

Eran las 2 de la madrugada, las idas y venidas desde la avenida donde observaba Eduvigis disminuían. Pero algo cercano a ella se acercaba. No veía nada, pero notó esa extraña percepción de observa. Miraba, no veía nada, no había nadie.
Ella pensaba que estaba sola, que nadie vendría a por ella, que se había evadido del mundanal ruido en el que estamos inmersos. "Nunca nadie está solo", escuchó. Pensó en ese momento "siempre hay alguien sólo".
No escuchó nada más. Cogió el bolso que estaba a su lado y se fue.

Pasaron los días, seguía estando sola.

Volvió a la semana siguente, como todos los jueves a aquel banco de la avenida central. De nuevo escuchó aquella voz que la sacó de sus casillas. Se giró. Un chico le dio la mano. Ella se levantó y se fue.

Porque nunca estamos solos en este mundo...

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