Últimamente mi vida da vueltas de 180º o incluso 360º. Me pasa de todo, y creo que todo va bien.
Entre las cosas raras que me pasan cabe destacar la de escuchar una misma canción veces, y veces y más veces. No sé porqué escucho tanto esa maldita canción (que de maldita tiene bien poco) pero es que por más que la escucho más me gusta. No trata sobre nada especial, sobre idas y venidas, sobre el pegamento, las avenidas de plata, el echar de menos y los relámpagos (vamos lo típico en una canción). Y diréis ¿cuál es? Pues es Boca en la tierra de Vetusta Morla (tampoco es que sea nada extraordinario, pero me encanta)
No suelo calcular el tiempo que me meto en el ordenador, que paso en las redes sociales o escucho música. Pero el otro día, y viendo que había escuchado la misma canción unas 23 veces, dije "¿cuánto tiempo llevo aquí conectada?" y llevaba nada más y nada menos que 1 hora y 10 minutos, y en esa hora y 10 minutos, había hecho poca cosa: mirar los privados que me mandan, escuchar la canción que tanto me gusta, escribir en el blog, leer otros blogs y poco más.
Y es que en una hora y diez minutos se pueden hacer tantas cosas o tan pocas cosas. El tiempo es algo raro, está ahí (es el parámetro número 4 en el eje de coordenadas -ese que siempre digo que se olvidan casi el 95% de la población-).
Últimamente vivo al límite, como dicen mis amigas y amigos, y es que mi tiempo no tiene desperdicio. Cuando todo parece que está en calma... viene una ventolada de aire bien fuerte. Cuando paseo, tras 4 horas seguidas estudiando la anatomía del cuerpo humano -que tiene narices también la asignatura... ya decía yo que tras casi un año en la universidad aún no me había presentado... sólo hay que ver los tochos y libros que necesitas... y el tiempo, por supuesto- parece que nada va a suceder. Pero claro, a mi qué no me va a pasar. Pues a mi me cae un clavo de ninguna parte, pero no un clavo cualquiera, un clavo bien grande, torcido, oxidado y muy puntiagudo, y no cae en otro lugar que en mi pie (menos mal que mis converses hicieron de membrana fibrosa).
Y es que me pasa de todo, y eso me hace estar muy feliz. No se que pasa por mi mente, pues es extraño, pero me gusta. Vivo al límite, me lo paso bien y ante todo soy feliz (que es lo importante de mi vida).
Tras ver día a día las estrellas (y darme cuenta que hay gente muy cósmica) me doy cuenta que son lo más bonito, que están ahí siempre, no hacen ruido, sólo se mueven y brillan. No te desvelan pero te dan felicidad. Te hacen ver el mundo distinto, más extranatural y eso me gusta.
Soy de las que piensan ¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?. Y sin embargo, al ver las estrellas mi mundo se paraliza, soy distinta, mi concepción del mundo cambia y llego hasta una paz interior casi tan ancestral como la vida y los seres extranaturales.
Espero que lo que me pase ahora sea bueno, y lo que venga sea mejor, pues antes creía conocer cuál iba a ser mi futuro y mis quehaceres, pero ahora la vida me brinda otra oportunidad, la deriva, el ir a la nada y que venga lo que la nada quiera. Idas y venidas contadas con los pies de la tierra.
Y es que yo seguiré feliz con la certeza de que voy a volver a ver miradas, algún que otro guiño, un saludo de ¡buenas noches!, o simplemente un ¿sabes que hay un libro que trata sobre los temas de la educación? Entre sorpresas inesperadas, muchas más frases de esas que te hacen flipar en colores y cosas tan bonitas que se hacen porque salen solas, del corazón, pero no con el tiempo, sino rápidas, en poco tiempo, viviendo al límite y haciendo ver a tu alrededor que quien menos conoces, que quien menos te esperas, te saca una sonrisa, que te hace ponerte nerviosa y que te hace perderte de nuevo entre el mundo.
Porque cuando parece que todo ha acabado, una nueva estrella aparece ante ti y te brinda una nueva oportunidad, la de hacer una nueva y buena historia (hasta que el destino se vuelva a cruzar).
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